LA VIGENCIA DEL AUTOR DE LAS ARMAS SECRETAS, A TREINTA AÑOS DE SU MUERTE
Hoy se cumplen treinta años de su muerte, y en agosto se celebrará el centenario de su nacimiento. El calendario es inexorable. Lo único cierto es la excelencia de una obra que –más allá de polémicas y modas– ha resistido los embates del tiempo.
El abecedario no alcanza para agotar el mundo de Cortázar
En estas tres décadas se han publicado numerosos libros de y sobre el escritor argentino. Una etapa tan “prolífica” parece cerrarse con la edición de Cortázar de la A a la Z, un exquisito álbum biográfico ilustrado. Numerosas actividades abordarán su figura en 2014.
Por Silvina Friera
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-31319-2014-02-12.html
¿Cuál es “la primera aguja del olvido en el recuerdo”? El interrogante asoma cuando se tiene en las manos Cortázar de la A a la Z (Alfaguara), el álbum biográfico ilustrado con edición de Carles Alvarez Garriga y Aurora Bernárdez. A treinta años de la muerte de Julio Cortázar, que se cumple hoy –y a pocos meses de celebrar el centenario de su nacimiento, en agosto–, la vuelta al mundo cortazariano es como “abrir las puertas para ir a jugar”. Cada lector jugará su juego, saltará de las novelas a los cuentos o viceversa; de la correspondencia a los papelitos inesperados y se asombrará con algún que otro texto inédito (ver aparte), aunque esta etapa tan prolífica como póstuma parece cerrarse con la edición de este libro-homenaje. A esta altura del partido, el encantamiento que ejerce nuestro entrañable Cronopio no debería sorprender. Su obra ha resistido los embates del tiempo, ha pasado por ese limbo ineludible donde se cuecen las habas del descuido, las omisiones, el peligro de olvidar a la vez que ningunear demasiado y ciertos rechazos que tal vez comiencen a declinar. Quizás el problema, el obstáculo, resida en que este ingreso garantizado al “paraíso” se traduzca en una sacralización cercana al escándalo, demasiado empalagosa por obra y gracia de las efemérides. Pero esta harina, como se comprobará, no pertenece al costal literario.
En un fragmento de una entrevista que le hizo Rosa Montero en 1982, incluida en la entrada “sacralización” del álbum, Cortázar reconoce que le molestan las sacralizaciones tipo Elvis Presley o Marilyn Monroe porque “son absurdas en el campo de la literatura; creo que ahí entra en juego un fanatismo que no tiene nada que ver con lo literario”. Sin embargo, despejado este asunto, agrega: “Yo sé muy bien que lo que llevo escrito se merece el prestigio que tiene, y no tengo ningún inconveniente en decirlo. Y puedo añadir algo que pondrá verde a mucha gente, porque lo considerarán de un narcisismo y un egotismo monstruosos: lo cierto es que, haciendo el balance de la literatura en lengua española, y considerando el total de los cuentos que he escrito, que son muchos, más de setenta, pues, bueno, yo estoy seguro de que, en conjunto, cuantitativamente, he escrito los mejores cuentos que jamás se han escrito en lengua española”. Conviene aclarar lo que añade a continuación: que cualitativamente “conozco cuentos individuales que, en mi opinión, son mejores que cualquiera de los míos”, pero “tengo una conciencia muy clara de lo que he hecho y sé muy bien qué significó, en el panorama de la literatura latinoamericana, la aparición de Rayuela. Y sería un imbécil o tendría una falsa modestia repugnante si no dijese esto”.
Aunque seguir al pie de la letra las filiaciones que un autor suscribe implique caer en su “trampa” discursiva, tal vez sea interesante revisar la proximidad manifiesta que sentía hacia ciertos personajes literarios como el Rufián Melancólico, Hipólita, la Bizco o, claro, Erdosain. “Si de alguien me siento cerca en mi país es de Roberto Arlt, aunque la crítica venga a explicarme después otras cercanías desde luego atendibles puesto que no me creo un monobloc”, escribió Cortázar en “Roberto Arlt: Apuntes de relectura”. Si desde niño, como lo ha dicho, aceptó la evidencia del doble y hasta llegó a postular “muy seriamente” que Charles Baudelaire era el doble de Edgar Allan Poe, el autor de Historias de cronopios y de famas podría ser un doble más lúdico, más “irreverente” por su modo de experimentar con las formas, del autor de Los siete locos. Conjeturas al margen, no habría que confundir el doble con los epígonos. Precisamente en Cortázar de la A a la Z, un homenaje sincero y adorable para los lectores pero que se intuye que al autor no le hubiera gustado, en la entrada que corresponde a epígonos, se recupera un fragmento de una entrevista de Mario Vargas Llosa en la que le pregunta qué le aconsejaría a un joven sudamericano que quiere ser escritor. “A semejanza de los maestros Zen, trataría de romperle una silla en la cabeza –responde Cortázar–. Es posible que el joven sudamericano comprendiera lo que hay detrás del silletazo; si a pesar de todo mi respuesta no le resultase lo bastante clara, le diría que el solo hecho de buscar consejos ajenos en materia literaria prueba su falta de verdadera vocación. Pero tal vez el silletazo resultara mortal y tendríamos un epígono menos, lo que es siempre una ventaja en nuestro país.”
El juego vital –mezcla de azar y accidente– empezó en Bruselas (Bélgica), donde nació el 26 de agosto de 1914. Antes de que su familia pudiera regresar a Buenos Aires para establecerse en Banfield, vivió un tiempo en Barcelona. Muy tempranamente descubrió que el vicio de leer es peor que el tabaco. Realizó estudios de Letras y de Magisterio y trabajó como docente en Bolívar, Chivilcoy y Mendoza, hasta que en 1951 decidió viajar a París, donde residió hasta su muerte. Su primera colección de poemas, Presencia, apareció en 1938 bajo el seudónimo de Julio Denis. En 1946 publicó el cuento “Casa tomada” en la revista Los anales de Buenos Aires, que dirigía Jorge Luis Borges. Después llegaría el primer libro publicado con su verdadero nombre, el poema dramático Los reyes (1949), los cuentos de Bestiario (1951), los relatos de Las armas secretas (1959), que incluye “El perseguidor” –suerte de “pequeña Rayuela”, como lo definió–; las novelas Los premios (1960) y Rayuela (1963), un punto de inflexión y de referencia para las generaciones más jóvenes, una especie de descomunal “revolución” formal que generó gran entusiasmo, pero que de un tiempo a esta parte se suele señalar –con ese dedo acusador que levanta o baja el pulgar de acuerdo al “consenso” imperante– como la zona cortazariana más fechada, inscripta en una coyuntura, que tal vez no envejeció bien. ¿Pero jugar, como lo hacía esta especie de jugador compulsivo que era Cortázar como escritor, no incluye la pérdida del hechizo primigenio para atemperar el impacto pasado y recuperar otros itinerarios posibles que antes no se pudieron transitar? Decretar por anticipado la partida de defunción de una novela como Rayuela es un riesgo que muchos han asumido. Aunque “escribir salpicando citas es pedantería” –palabras de Cortázar mediante–, irrumpe una frase que calza como anillo al dedo en el asunto: “Los sistemas son sustituibles y las apuestas suelen perderse”. En esta peliaguda cuestión, como en tantas otras, conviene poner las barbas en remojo. El escrutinio de los lectores –ese sistema de interpretaciones siempre en pugna– no está clausurado.
Entonces volvamos a la pregunta inicial y esa aguja del olvido que quedó en suspenso. Tiene que ver con un capítulo de Rayuela. “En alguna parte Morelli procuraba justificar sus incoherencias narrativas, sosteniendo que la vida de los otros, tal como nos llega en la llamada realidad, no es cine sino fotografía, es decir que no podemos aprehender la acción sino tan sólo sus fragmentos eleáticamente recortados. No hay más que los momentos en que estamos con ese otro cuya vida creemos entender, o cuando nos hablan de él, o cuando él nos cuenta lo que le ha pasado o proyecta ante nosotros lo que tiene intención de hacer. Al final queda un álbum de fotos, de instantes fijos; jamás el devenir realizándose ante nosotros, el paso del ayer al hoy, la primera aguja del olvido en el recuerdo”, se lee en el capítulo 109. Cortázar es el escritor que mejor comprendió que los lectores caminan descalzos por encima y por debajo de los textos, mirando, escuchando, saboreando. Este juego donde la libertad es extrema, por fortuna de la humanidad, nunca se acabará.
Muestras y jornadas
Celebraciones y homenajes en Buenos Aires, París, Chivilcoy y Guadalajara darán cuenta del Año Cortázar. Académicos y escritores como el nicaragüense Sergio Ramírez y el mexicano Juan Villoro, entre otros, buscarán desentrañar en agosto el universo cortazariano en las jornadas en la Biblioteca Nacional. A partir de junio, el Museo Nacional de Bellas Artes acogerá por primera vez la colección personal del escritor integrada por más de 5000 piezas de material fotográfico, documentación en papel y varias películas en Súper 8, cedidas por su albacea Aurora Bernárdez a la Xunta de Galicia. El Museo del Libro y de la Lengua, en Buenos Aires, exhibirá hasta octubre Rayuela. Una muestra para armar, una propuesta interactiva y lúdica. En la Casa Nacional del Bicentenario se homenajeará la relación de Cortázar con el cine y la música y se pondrá en marcha una muestra de historietas sobre su obra. Los admiradores podrán participar en un certamen de guiones para realizar una pieza audiovisual de entre cuatro y siete minutos, que será emitida por la Televisión Pública, en plataformas digitales y telefonía móvil y también será un argumento para desarrollar un videojuego. El prestigioso Salón del Libro de París estará atravesado por la figura del autor de Bestiario. Además, el escritor argentino será objeto de una gran exposición en la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara que se celebrará entre el 29 de noviembre y el 7 de diciembre. Y en la localidad de Chivilcoy abrirá sus puertas el Museo Cortázar.
El ajedrez en Marte
Los marcianos juegan al ajedrez a distancia, enviándose las jugadas por mensajeros. Las jugadas se describen con montoncitos de ceniza procedentes de diversos cráteres y, por lo tanto, diversamente coloreados, y los mensajeros soplan las pulgaradas de ceniza y el jugador observa las nubecillas de ceniza, las combinaciones de colores que se van formando, y comprende así la jugada que le comunica su adversario.
El ajedrez es muy diferente del terráqueo y llevaría tiempo describirlo. Nos limitaremos a traducir algunas jugadas típicas. Si las “blancas”, por llamarlas así, anuncian: verde, verde, blanco, verde, malva, verde, la jugada es la siguiente: La casa de dos subterráneos se vende a plazos, los tractores de ganchos serán desarmados, el signo de poder entra en la fase de perturbación.
Si las “negras” contestan: verde, verde, negro, rojo, verde, significa: Tu madre deberá saltar el pequeño foso de la izquierda, no sabemos si habrá escaramuzas, los globos de espuma fría pasan de una mano a la otra.
Como se habrá sospechado, hay casi siempre una parte que eligen en cada jugada. El jugador que recibe el anuncio moverá las piezas indicadas por el adversario (tractores, globos, casa de dos subterráneos) y a la vez deberá reflexionar sobre los elementos subjetivos de la jugada. Hay quienes creen que estos últimos, bien manejados, dan la victoria.
* Texto inédito publicado por primera vez en Cortázar de la A a la Z.
Puentes de lectura
Por Luisa Valenzuela *
A causa de las efervescencias de estos dos últimos años me metí en camisa de once varas. En México me contrataron un libro de entrecruzamientos entre Cortázar y Fuentes y ahora estoy metida hasta las orejas en el brete y también en la felicidad de releerlos. Reencontrarse con Cortázar, por lo pronto, es abrir una puerta a nuevos hallazgos. Y yo que creía haber superado el tiempo Rayuela, no porque mi novela favorita de Julio sea 62, modelo para armar, sino porque la otra ya la tenía leída y releída en su momento. Todo para descubrir –entre mil otros temas– que un filón que perseguí en la obra de Cortázar, el puente como leit motiv, estaba ya servido en bandeja en el célebre primer párrafo de su célebre novela: “¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas (...)”. La repetición inadmisible de un adjetivo –para el escritor meticuloso que supo ser Cortázar– ya lo decía todo; de entrada. La Maga (“su silueta delgada”) como el puente de “delgada cintura” que pretende atravesar Horacio Oliveira para alcanzar el otro lado. Pero no el lado de allá, o el de acá, como propone la novela misma, sino el absolutamente Otro, el que de lograrlo habría de llevar a Oliveira al meollo del conocimiento –y por ende a la felicidad y el paraíso– al cual siempre quiso acceder. Y no sólo él, también su autor.
La muerte y el misterio de la vida fueron temas básicos en Cortázar, poco explicitados. El secreto del ser al que nunca accederemos de frente. De ahí los puentes de palabras o de facto, como umbrales que podrían permitirnos, de atrevernos a cruzarlos, el acceso a ese otro lado ¡pero a qué precio! Oliveira sufre el distanciamiento de la Maga que él mismo provocó, sufre su eterna frustración bien porteña. Otros protagonistas cortazarianos logran cruzar el puente. Y así les va. En el cuento “Lejana” Alina Reyes, tan señorita de clase alta, tan elegante ella, tiene el feo vicio (la apreciación es mía) de jugar con las palabras buscando nuevos palíndromos o haciendo anagramas con su propio nombre. Alina Reyes: Es la reina y... como puerta abierta a una sumatoria de virtudes o al agregado de un desconocido espanto. Alina intuye la posible majestuosidad de la reina y su contracara, quizá una mendiga de Budapest quien, muerta de frío, la estaría esperando del otro lado del puente sobre el Danubio. El casamiento, habitual puente para las señoritas de la alta burguesía, no le basta a Alina Reyes; ella necesita conocer su propio otro lado, el sólido y concreto de sus fantasmas, para lo cual exige pasar la luna de miel en Budapest. Y allí está el puente bajo la noche fría, y allí la aguarda la mendiga...
Pero no sigo. El cuento de Cortázar requiere ser atravesado como buen puente de lectura, es decir leído de primera mano, para alcanzar no sin estremecimiento el umbral del multifacético misterio que a veces llamamos numen o llamamos transformación, que puede ser una forma de muerte. El lado de allá y el lado de acá, donde nos espera quizá lo más arcaico que hay en cada ser humano. El “Axolotl”, estático batracio de ojos dorados en su acuario, al que accede el protagonista del cuento que lleva dicho título, o el joven guerrero mexica durante las guerras floridas que es en la contracara del motociclista actual en “La noche boca arriba”. Puentes ya famosos y otros muy ocultos, pero siempre tendidos en la obra de Cortázar para que quienes la leemos podamos cruzar con él algún río que nunca, ya sabemos, será el mismo y no sólo por las causas que nos enseñó Heráclito, sino también porque la magia de la escritura de este insuperable autor transporta y transforma los significados profundos.
* Escritora.
Una mano que da vuelta la hoja
Por Esther Cross *
Para mí Cortázar fue el puente entre Borges, inalcanzable, y el deseo de escribir. Hay escritores que habilitan el pasaje del deseo a la escritura, así como otros pueden bloquearlo –quizá porque su obra los vuelve intimidantes–. En 1978, en el colegio, después de Borges leímos Final del juego. Fue como entrar en una casa nueva y reconocerla, todo a la vez. Ahí tenía un maestro, un genio, y podía leerlo de igual a igual, tuteándolo. Sentí esa cercanía, sentí eso. Pienso en Cortázar y salta enseguida la frase de Arlt, un cross a la mandíbula, porque ése fue el efecto de sus cuentos. El impacto persiste. En mi lista de cuentos fundacionales están “Casa tomada”, “La autopista del Sur”, “La señorita Cora” y “La noche de Mantequilla”, cuentos que, encima, sólo puedo definir como cortazarianos. Cortázar es un escritor que se explica a sí mismo, el padre joven de tantos pese a las diferencias generacionales.
En los cuentos de Cortázar había una fuerza diferente. El dominio del lenguaje se igualaba con una gran libertad. Era como si dijera: estoy en posesión, ahora hago lo que quiero. Es lo que hacen los grandes, pero qué bien le salía a él. Daban ganas de las dos cosas, de improvisar sobre la base y tener base, saber y mandarse. Tenía esa luz de lo nuevo que llega para quedarse, ya se sentía. Era un maestro y era moderno, como si hubiera hecho jazz en la escritura, por eso de música elaborada y suelta que tiene el jazz en simultáneo. No soy fan de Rayuela pero, aunque a destiempo por la edad, la leí con ganas, por mérito de Cortázar, que despertaba curiosidad y predisposición, tenía una visión de la vida y la participaba. Su Maga había invadido la vida cotidiana, como Holden Caulfield en el Estados Unidos de posguerra. Sé que es un dato ajeno a lo literario, pero lo señalo porque, como dijo Abelardo Castillo, “estos desplazamientos de la realidad son el triunfo de su literatura”.
Cuando entré a su taller, Grillo della Paolera, traductor excelente, nos hacía leer a Poe traducido por Cortázar. Esa fue otra gran revelación. También recuerdo que Grillo pescó un descuido de Cortázar al traducir el verso de Dylan Thomas en “El perseguidor”, pero lo comentaba con respeto: era un lapsus del escritor embalado con el ritmo de su historia. Grillo no le dedicaba su atención a cualquiera. Se había hecho amigo de Borges viajando en tren a Adrogué, hacía muchos años, cuando le comentó un error de cálculo en el inicio de “La biblioteca de Babel”. Una vez por año, Borges iba al taller. Los menos tímidos hacían preguntas sobre escribir. En la parte de los comentarios sobre otros escritores, se salvaban muy pocos. Pero cuando le preguntaron por Cortázar, Borges dijo: “He leído un solo cuento de él. Fue el primer cuento que publicó en Buenos Aires. Yo dirigía una revista”, se llamaba Los Anales de Buenos Aires. Vino a verme un muchacho y me dijo: ‘Le traigo un cuento, quisiera que me diga qué le parece’. Yo le dije: ‘Bueno, vuelva dentro de una semana; no, vuelva dentro de diez días, ya lo habré leído’. Pero él vino una semana después y me preguntó qué había pasado. Le contesté: ‘Bueno, tengo dos motivos para alegrarlo; su cuento está en prensa y mi hermana Norah va a ilustrarlo; me parece un excelente cuento’. Ese cuento se llamaba ‘Casa tomada’”.
Cortázar era muy joven cuando le llevó el cuento a Borges. Fue, golpeó la puerta y entró. Tuvo la gentileza de dejar la puerta abierta para los que seguían, con informalidad y nivel. De él puedo decir lo mismo que Bruno dice de Johnny Carter: pasó como una mano que da vuelta la hoja. Las cosas no hubieran sido iguales sin él.
* Escritora.
