miércoles, 12 de febrero de 2014

JULIO CORTAZAR Hoy se cumplen treinta años de su muerte

LA VIGENCIA DEL AUTOR DE LAS ARMAS SECRETAS, A TREINTA AÑOS DE SU MUERTE

Hoy se cumplen treinta años de su muerte, y en agosto se celebrará el centenario de su nacimiento. El calendario es inexorable. Lo único cierto es la excelencia de una obra que –más allá de polémicas y modas– ha resistido los embates del tiempo.

El abecedario no alcanza para agotar el mundo de Cortázar

En estas tres décadas se han publicado numerosos libros de y sobre el escritor argentino. Una etapa tan “prolífica” parece cerrarse con la edición de Cortázar de la A a la Z, un exquisito álbum biográfico ilustrado. Numerosas actividades abordarán su figura en 2014.
Por Silvina Friera
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-31319-2014-02-12.html
¿Cuál es “la primera aguja del olvido en el recuerdo”? El interrogante asoma cuando se tiene en las manos Cortázar de la A a la Z (Alfaguara), el álbum biográfico ilustrado con edición de Carles Alvarez Garriga y Aurora Bernárdez. A treinta años de la muerte de Julio Cortázar, que se cumple hoy –y a pocos meses de celebrar el centenario de su nacimiento, en agosto–, la vuelta al mundo cortazariano es como “abrir las puertas para ir a jugar”. Cada lector jugará su juego, saltará de las novelas a los cuentos o viceversa; de la correspondencia a los papelitos inesperados y se asombrará con algún que otro texto inédito (ver aparte), aunque esta etapa tan prolífica como póstuma parece cerrarse con la edición de este libro-homenaje. A esta altura del partido, el encantamiento que ejerce nuestro entrañable Cronopio no debería sorprender. Su obra ha resistido los embates del tiempo, ha pasado por ese limbo ineludible donde se cuecen las habas del descuido, las omisiones, el peligro de olvidar a la vez que ningunear demasiado y ciertos rechazos que tal vez comiencen a declinar. Quizás el problema, el obstáculo, resida en que este ingreso garantizado al “paraíso” se traduzca en una sacralización cercana al escándalo, demasiado empalagosa por obra y gracia de las efemérides. Pero esta harina, como se comprobará, no pertenece al costal literario.
En un fragmento de una entrevista que le hizo Rosa Montero en 1982, incluida en la entrada “sacralización” del álbum, Cortázar reconoce que le molestan las sacralizaciones tipo Elvis Presley o Marilyn Monroe porque “son absurdas en el campo de la literatura; creo que ahí entra en juego un fanatismo que no tiene nada que ver con lo literario”. Sin embargo, despejado este asunto, agrega: “Yo sé muy bien que lo que llevo escrito se merece el prestigio que tiene, y no tengo ningún inconveniente en decirlo. Y puedo añadir algo que pondrá verde a mucha gente, porque lo considerarán de un narcisismo y un egotismo monstruosos: lo cierto es que, haciendo el balance de la literatura en lengua española, y considerando el total de los cuentos que he escrito, que son muchos, más de setenta, pues, bueno, yo estoy seguro de que, en conjunto, cuantitativamente, he escrito los mejores cuentos que jamás se han escrito en lengua española”. Conviene aclarar lo que añade a continuación: que cualitativamente “conozco cuentos individuales que, en mi opinión, son mejores que cualquiera de los míos”, pero “tengo una conciencia muy clara de lo que he hecho y sé muy bien qué significó, en el panorama de la literatura latinoamericana, la aparición de Rayuela. Y sería un imbécil o tendría una falsa modestia repugnante si no dijese esto”.
Aunque seguir al pie de la letra las filiaciones que un autor suscribe implique caer en su “trampa” discursiva, tal vez sea interesante revisar la proximidad manifiesta que sentía hacia ciertos personajes literarios como el Rufián Melancólico, Hipólita, la Bizco o, claro, Erdosain. “Si de alguien me siento cerca en mi país es de Roberto Arlt, aunque la crítica venga a explicarme después otras cercanías desde luego atendibles puesto que no me creo un monobloc”, escribió Cortázar en “Roberto Arlt: Apuntes de relectura”. Si desde niño, como lo ha dicho, aceptó la evidencia del doble y hasta llegó a postular “muy seriamente” que Charles Baudelaire era el doble de Edgar Allan Poe, el autor de Historias de cronopios y de famas podría ser un doble más lúdico, más “irreverente” por su modo de experimentar con las formas, del autor de Los siete locos. Conjeturas al margen, no habría que confundir el doble con los epígonos. Precisamente en Cortázar de la A a la Z, un homenaje sincero y adorable para los lectores pero que se intuye que al autor no le hubiera gustado, en la entrada que corresponde a epígonos, se recupera un fragmento de una entrevista de Mario Vargas Llosa en la que le pregunta qué le aconsejaría a un joven sudamericano que quiere ser escritor. “A semejanza de los maestros Zen, trataría de romperle una silla en la cabeza –responde Cortázar–. Es posible que el joven sudamericano comprendiera lo que hay detrás del silletazo; si a pesar de todo mi respuesta no le resultase lo bastante clara, le diría que el solo hecho de buscar consejos ajenos en materia literaria prueba su falta de verdadera vocación. Pero tal vez el silletazo resultara mortal y tendríamos un epígono menos, lo que es siempre una ventaja en nuestro país.”
El juego vital –mezcla de azar y accidente– empezó en Bruselas (Bélgica), donde nació el 26 de agosto de 1914. Antes de que su familia pudiera regresar a Buenos Aires para establecerse en Banfield, vivió un tiempo en Barcelona. Muy tempranamente descubrió que el vicio de leer es peor que el tabaco. Realizó estudios de Letras y de Magisterio y trabajó como docente en Bolívar, Chivilcoy y Mendoza, hasta que en 1951 decidió viajar a París, donde residió hasta su muerte. Su primera colección de poemas, Presencia, apareció en 1938 bajo el seudónimo de Julio Denis. En 1946 publicó el cuento “Casa tomada” en la revista Los anales de Buenos Aires, que dirigía Jorge Luis Borges. Después llegaría el primer libro publicado con su verdadero nombre, el poema dramático Los reyes (1949), los cuentos de Bestiario (1951), los relatos de Las armas secretas (1959), que incluye “El perseguidor” –suerte de “pequeña Rayuela”, como lo definió–; las novelas Los premios (1960) y Rayuela (1963), un punto de inflexión y de referencia para las generaciones más jóvenes, una especie de descomunal “revolución” formal que generó gran entusiasmo, pero que de un tiempo a esta parte se suele señalar –con ese dedo acusador que levanta o baja el pulgar de acuerdo al “consenso” imperante– como la zona cortazariana más fechada, inscripta en una coyuntura, que tal vez no envejeció bien. ¿Pero jugar, como lo hacía esta especie de jugador compulsivo que era Cortázar como escritor, no incluye la pérdida del hechizo primigenio para atemperar el impacto pasado y recuperar otros itinerarios posibles que antes no se pudieron transitar? Decretar por anticipado la partida de defunción de una novela como Rayuela es un riesgo que muchos han asumido. Aunque “escribir salpicando citas es pedantería” –palabras de Cortázar mediante–, irrumpe una frase que calza como anillo al dedo en el asunto: “Los sistemas son sustituibles y las apuestas suelen perderse”. En esta peliaguda cuestión, como en tantas otras, conviene poner las barbas en remojo. El escrutinio de los lectores –ese sistema de interpretaciones siempre en pugna– no está clausurado.
Entonces volvamos a la pregunta inicial y esa aguja del olvido que quedó en suspenso. Tiene que ver con un capítulo de Rayuela. “En alguna parte Morelli procuraba justificar sus incoherencias narrativas, sosteniendo que la vida de los otros, tal como nos llega en la llamada realidad, no es cine sino fotografía, es decir que no podemos aprehender la acción sino tan sólo sus fragmentos eleáticamente recortados. No hay más que los momentos en que estamos con ese otro cuya vida creemos entender, o cuando nos hablan de él, o cuando él nos cuenta lo que le ha pasado o proyecta ante nosotros lo que tiene intención de hacer. Al final queda un álbum de fotos, de instantes fijos; jamás el devenir realizándose ante nosotros, el paso del ayer al hoy, la primera aguja del olvido en el recuerdo”, se lee en el capítulo 109. Cortázar es el escritor que mejor comprendió que los lectores caminan descalzos por encima y por debajo de los textos, mirando, escuchando, saboreando. Este juego donde la libertad es extrema, por fortuna de la humanidad, nunca se acabará.

Muestras y jornadas


Celebraciones y homenajes en Buenos Aires, París, Chivilcoy y Guadalajara darán cuenta del Año Cortázar. Académicos y escritores como el nicaragüense Sergio Ramírez y el mexicano Juan Villoro, entre otros, buscarán desentrañar en agosto el universo cortazariano en las jornadas en la Biblioteca Nacional. A partir de junio, el Museo Nacional de Bellas Artes acogerá por primera vez la colección personal del escritor integrada por más de 5000 piezas de material fotográfico, documentación en papel y varias películas en Súper 8, cedidas por su albacea Aurora Bernárdez a la Xunta de Galicia. El Museo del Libro y de la Lengua, en Buenos Aires, exhibirá hasta octubre Rayuela. Una muestra para armar, una propuesta interactiva y lúdica. En la Casa Nacional del Bicentenario se homenajeará la relación de Cortázar con el cine y la música y se pondrá en marcha una muestra de historietas sobre su obra. Los admiradores podrán participar en un certamen de guiones para realizar una pieza audiovisual de entre cuatro y siete minutos, que será emitida por la Televisión Pública, en plataformas digitales y telefonía móvil y también será un argumento para desarrollar un videojuego. El prestigioso Salón del Libro de París estará atravesado por la figura del autor de Bestiario. Además, el escritor argentino será objeto de una gran exposición en la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara que se celebrará entre el 29 de noviembre y el 7 de diciembre. Y en la localidad de Chivilcoy abrirá sus puertas el Museo Cortázar.


El ajedrez en Marte


Los marcianos juegan al ajedrez a distancia, enviándose las jugadas por mensajeros. Las jugadas se describen con montoncitos de ceniza procedentes de diversos cráteres y, por lo tanto, diversamente coloreados, y los mensajeros soplan las pulgaradas de ceniza y el jugador observa las nubecillas de ceniza, las combinaciones de colores que se van formando, y comprende así la jugada que le comunica su adversario.
El ajedrez es muy diferente del terráqueo y llevaría tiempo describirlo. Nos limitaremos a traducir algunas jugadas típicas. Si las “blancas”, por llamarlas así, anuncian: verde, verde, blanco, verde, malva, verde, la jugada es la siguiente: La casa de dos subterráneos se vende a plazos, los tractores de ganchos serán desarmados, el signo de poder entra en la fase de perturbación.
Si las “negras” contestan: verde, verde, negro, rojo, verde, significa: Tu madre deberá saltar el pequeño foso de la izquierda, no sabemos si habrá escaramuzas, los globos de espuma fría pasan de una mano a la otra.
Como se habrá sospechado, hay casi siempre una parte que eligen en cada jugada. El jugador que recibe el anuncio moverá las piezas indicadas por el adversario (tractores, globos, casa de dos subterráneos) y a la vez deberá reflexionar sobre los elementos subjetivos de la jugada. Hay quienes creen que estos últimos, bien manejados, dan la victoria.
* Texto inédito publicado por primera vez en Cortázar de la A a la Z.

Puentes de lectura


Por Luisa Valenzuela *
A causa de las efervescencias de estos dos últimos años me metí en camisa de once varas. En México me contrataron un libro de entrecruzamientos entre Cortázar y Fuentes y ahora estoy metida hasta las orejas en el brete y también en la felicidad de releerlos. Reencontrarse con Cortázar, por lo pronto, es abrir una puerta a nuevos hallazgos. Y yo que creía haber superado el tiempo Rayuela, no porque mi novela favorita de Julio sea 62, modelo para armar, sino porque la otra ya la tenía leída y releída en su momento. Todo para descubrir –entre mil otros temas– que un filón que perseguí en la obra de Cortázar, el puente como leit motiv, estaba ya servido en bandeja en el célebre primer párrafo de su célebre novela: “¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas (...)”. La repetición inadmisible de un adjetivo –para el escritor meticuloso que supo ser Cortázar– ya lo decía todo; de entrada. La Maga (“su silueta delgada”) como el puente de “delgada cintura” que pretende atravesar Horacio Oliveira para alcanzar el otro lado. Pero no el lado de allá, o el de acá, como propone la novela misma, sino el absolutamente Otro, el que de lograrlo habría de llevar a Oliveira al meollo del conocimiento –y por ende a la felicidad y el paraíso– al cual siempre quiso acceder. Y no sólo él, también su autor.
La muerte y el misterio de la vida fueron temas básicos en Cortázar, poco explicitados. El secreto del ser al que nunca accederemos de frente. De ahí los puentes de palabras o de facto, como umbrales que podrían permitirnos, de atrevernos a cruzarlos, el acceso a ese otro lado ¡pero a qué precio! Oliveira sufre el distanciamiento de la Maga que él mismo provocó, sufre su eterna frustración bien porteña. Otros protagonistas cortazarianos logran cruzar el puente. Y así les va. En el cuento “Lejana” Alina Reyes, tan señorita de clase alta, tan elegante ella, tiene el feo vicio (la apreciación es mía) de jugar con las palabras buscando nuevos palíndromos o haciendo anagramas con su propio nombre. Alina Reyes: Es la reina y... como puerta abierta a una sumatoria de virtudes o al agregado de un desconocido espanto. Alina intuye la posible majestuosidad de la reina y su contracara, quizá una mendiga de Budapest quien, muerta de frío, la estaría esperando del otro lado del puente sobre el Danubio. El casamiento, habitual puente para las señoritas de la alta burguesía, no le basta a Alina Reyes; ella necesita conocer su propio otro lado, el sólido y concreto de sus fantasmas, para lo cual exige pasar la luna de miel en Budapest. Y allí está el puente bajo la noche fría, y allí la aguarda la mendiga...
Pero no sigo. El cuento de Cortázar requiere ser atravesado como buen puente de lectura, es decir leído de primera mano, para alcanzar no sin estremecimiento el umbral del multifacético misterio que a veces llamamos numen o llamamos transformación, que puede ser una forma de muerte. El lado de allá y el lado de acá, donde nos espera quizá lo más arcaico que hay en cada ser humano. El “Axolotl”, estático batracio de ojos dorados en su acuario, al que accede el protagonista del cuento que lleva dicho título, o el joven guerrero mexica durante las guerras floridas que es en la contracara del motociclista actual en “La noche boca arriba”. Puentes ya famosos y otros muy ocultos, pero siempre tendidos en la obra de Cortázar para que quienes la leemos podamos cruzar con él algún río que nunca, ya sabemos, será el mismo y no sólo por las causas que nos enseñó Heráclito, sino también porque la magia de la escritura de este insuperable autor transporta y transforma los significados profundos.
* Escritora.

Una mano que da vuelta la hoja


Por Esther Cross *
Para mí Cortázar fue el puente entre Borges, inalcanzable, y el deseo de escribir. Hay escritores que habilitan el pasaje del deseo a la escritura, así como otros pueden bloquearlo –quizá porque su obra los vuelve intimidantes–. En 1978, en el colegio, después de Borges leímos Final del juego. Fue como entrar en una casa nueva y reconocerla, todo a la vez. Ahí tenía un maestro, un genio, y podía leerlo de igual a igual, tuteándolo. Sentí esa cercanía, sentí eso. Pienso en Cortázar y salta enseguida la frase de Arlt, un cross a la mandíbula, porque ése fue el efecto de sus cuentos. El impacto persiste. En mi lista de cuentos fundacionales están “Casa tomada”, “La autopista del Sur”, “La señorita Cora” y “La noche de Mantequilla”, cuentos que, encima, sólo puedo definir como cortazarianos. Cortázar es un escritor que se explica a sí mismo, el padre joven de tantos pese a las diferencias generacionales.
En los cuentos de Cortázar había una fuerza diferente. El dominio del lenguaje se igualaba con una gran libertad. Era como si dijera: estoy en posesión, ahora hago lo que quiero. Es lo que hacen los grandes, pero qué bien le salía a él. Daban ganas de las dos cosas, de improvisar sobre la base y tener base, saber y mandarse. Tenía esa luz de lo nuevo que llega para quedarse, ya se sentía. Era un maestro y era moderno, como si hubiera hecho jazz en la escritura, por eso de música elaborada y suelta que tiene el jazz en simultáneo. No soy fan de Rayuela pero, aunque a destiempo por la edad, la leí con ganas, por mérito de Cortázar, que despertaba curiosidad y predisposición, tenía una visión de la vida y la participaba. Su Maga había invadido la vida cotidiana, como Holden Caulfield en el Estados Unidos de posguerra. Sé que es un dato ajeno a lo literario, pero lo señalo porque, como dijo Abelardo Castillo, “estos desplazamientos de la realidad son el triunfo de su literatura”.
Cuando entré a su taller, Grillo della Paolera, traductor excelente, nos hacía leer a Poe traducido por Cortázar. Esa fue otra gran revelación. También recuerdo que Grillo pescó un descuido de Cortázar al traducir el verso de Dylan Thomas en “El perseguidor”, pero lo comentaba con respeto: era un lapsus del escritor embalado con el ritmo de su historia. Grillo no le dedicaba su atención a cualquiera. Se había hecho amigo de Borges viajando en tren a Adrogué, hacía muchos años, cuando le comentó un error de cálculo en el inicio de “La biblioteca de Babel”. Una vez por año, Borges iba al taller. Los menos tímidos hacían preguntas sobre escribir. En la parte de los comentarios sobre otros escritores, se salvaban muy pocos. Pero cuando le preguntaron por Cortázar, Borges dijo: “He leído un solo cuento de él. Fue el primer cuento que publicó en Buenos Aires. Yo dirigía una revista”, se llamaba Los Anales de Buenos Aires. Vino a verme un muchacho y me dijo: ‘Le traigo un cuento, quisiera que me diga qué le parece’. Yo le dije: ‘Bueno, vuelva dentro de una semana; no, vuelva dentro de diez días, ya lo habré leído’. Pero él vino una semana después y me preguntó qué había pasado. Le contesté: ‘Bueno, tengo dos motivos para alegrarlo; su cuento está en prensa y mi hermana Norah va a ilustrarlo; me parece un excelente cuento’. Ese cuento se llamaba ‘Casa tomada’”.
Cortázar era muy joven cuando le llevó el cuento a Borges. Fue, golpeó la puerta y entró. Tuvo la gentileza de dejar la puerta abierta para los que seguían, con informalidad y nivel. De él puedo decir lo mismo que Bruno dice de Johnny Carter: pasó como una mano que da vuelta la hoja. Las cosas no hubieran sido iguales sin él.
* Escritora.






lunes, 10 de febrero de 2014

la representación de personajes gays y lesbianas en la obra de Julio Cortazar

Todos los fuegos

En el año Cortázar y en la semana en que se cumplen treinta de su muerte, Soy rescata un aspecto poco frecuentado en las críticas: la representación de personajes gays y lesbianas en más de un cuento.
Por Adrián Melo
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/soy/1-3301-2014-02-10.html
En Encyclopedia of Lesbian and Gay Histories and Culture (editada por George Haggerty), el destacado investigador Gustavo Geirola se lamenta de que la crítica aún no haya desarrollado la importancia del deseo homosexual masculino y femenino en la obra de Julio Cortázar.
En la entrada que le dedica se refiere, entre varias ficciones cortazarianas, al homoerotismo presente entre Oliveira y Traveler en Rayuela, a “Las babas del diablo”, donde asoma diabólica y perversamente el deseo homosexual y al relato “Sobremesa”, donde el suicidio de uno de los personajes, que sucede aparentemente a causa de un conflicto amoroso entre amigos dentro de una cofradía exclusivamente masculina, puede leerse dentro del tópico del secreto homosexual. También encuentra una metáfora homoerótica en Las armas secretas, donde un muchacho francés es poseído por el espíritu de un nazi y viola a su novia como lo hiciera ese soldado muerto unos años atrás.
Si algunas de estas lecturas puede parecer forzada, hay al menos dos relatos y una novela en donde Cortázar situará a gays y lesbianas como personajes centrales de la trama: se trata de “Los buenos servicios” (1959), “La barca o Nueva visita a Venecia” (escrito en 1954 y publicado en 1977) y Los premios (1960).
En el cuento “Los buenos servicios” (1959) la narradora, Madame Francinet, es contratada para que se haga pasar por la madre de un muerto que no tiene quién llore por él. El muerto resulta ser Monsieur Octave Linard, conocido como Monsieur Bébé, un joven modisto, soltero, que vivió alocado y que muere tan escandalosamente que es necesario que su socio comercial orqueste un funeral honorable para salvar la continuidad de la Casa de Modas y para tapar el affaire. Antes habíamos asistido a algunas escenas de Monsieur Bébé en una fiesta en la casa de su socio: “jugando con el dueño de casa y unos perros en la sala”; “totalmente borracho jugando con sus amigos a disfrazarse”; “rubio, muy pálido, vestido de blanco..., el rostro más bello que jamás haya visto..., los dientes perfectos, las manos demasiado blancas para un hombre”; “riendo, bromeando, abrazado a los gritos con otros muchachos que parecían sus admiradores y que lo celaban”. Así eran representadas las vidas de los gays en las ficciones de la época: sórdidas, solitarias, alocadas y breves. Sin embargo, es esa marginalidad quizá la que acerca tiernamente a Monsieur Bébé con Madame Francinet, una pobre empleada de servicio.

La voz lesbiana

Aún más interesante resulta “La barca o Nueva visita a Venecia”, donde el relato del narrador es interrumpido por una voz marginal, en letras pequeñas, que interrumpe el fluir de la narración y cuenta su propia versión de los hechos: la de Dora, la lesbiana. El cuento narra, a grandes rasgos, los amores de una mujer, Valentina, durante un viaje turístico a Venecia en el que la joven encontrará su destino. Valentina se debate aparentemente entre dos amantes ocasionales que conoce durante sus vacaciones. Pero silenciosa, ignorada incluso por el narrador (“Claro que yo estaba. Desde el comienzo se finge no verme, reducirme a comparsa a veces cómoda y a veces afligente”) y fuera de juego aparece Dora, una muchacha que Valentina conoció en los mostradores de American Express (“me pregunté si no sería como yo”, refiere Dora de aquel primer encuentro “esa manera de clavarme los ojos siempre un poco dilatados”), que se convierte en su compañera de viaje y que se apasiona por ella.
Sin embargo, en una obvia referencia a Henry James (que es aludido), fuera de la posición siempre subjetiva del narrador y en esa voz que se alza marginal aparece la clave de lo que realmente sucede en el cuento. Es Dora y no los amantes de Valentina quien logra penetrar en las tempestuosas profundidades del desasosiego de la mujer. Y es Dora quien precipita la tragedia a partir de una traición que buscaba al menos “la delicia” de que Valentina se lo reprochara, la insultara, “de que fueras tú gritándome, el consuelo de volver a verte, de sentir tus bofetadas, tu saliva en mi cara”. El experimento de Cortázar resulta efectivo en tanto aquello que aparece destinado a aparecer en la invisibilidad y en las márgenes emerge combativamente a la superficie.

El monstruo homosexual

A su vez, en Los premios (1960), su primera novela, Cortázar indaga en tres imágenes de la homosexualidad representada en tres personajes: Raúl, un gay maduro y solitario condenado a contemplar la belleza del adolescente Felipe pero nunca a disfrutarla. La de Felipe, un Narciso que contempla su cuerpo desnudo de atleta frente al espejo y lo sabe objeto de deseo y termina siendo violado brutalmente por un marinero. Y la de “Bob” el salvaje y bestia marinero, que seduce y engaña a Felipe antes de atacarlo. El escenario de las pasiones es un crucero de lujo con destino incierto donde se encuentra un conjunto de personas que ganaron un viaje con un billete de lotería. El barco aparece como metáfora de la Argentina. Cada grupo de pasajeros representa un segmento de la sociedad porteña con sus lenguajes, sus estilos, sus clisés y sus monstruosidades.
De entre los monstruos, destaca el monstruo homosexual. Es uno de los marineros, pero se diferencia de ellos. Es un gigante, un “urso” con “enormes manos que se movían como arañas peludas” y con el cuerpo tatuado con una serpiente azul en el antebrazo, un águila enorme en el pecho y otras inscripciones en el hombro”. Para Gabriel Giorgi, el monstruo homosexual encarna, en la novela, el extranjero, el otro, el afuera de la nación, “mezcla de marinero corrupto y águila imperial, seduciendo y violando a un adolescente de la clase media argentina”. Por ello la narración de Cortázar se detiene obsesivamente en la manera en que el águila tatuada en el pecho del marinero se mueve al ritmo de su respiración: “Tumbado entre Felipe y la pared, el águila azul alzaba y bajaba estertorosamente las alas a cada ronquido”. Si el marinero representa la homosexualidad como violencia, Raúl, el otro enamorado de Felipe, representa a aquellos homosexuales que no llegan a la sexualidad, otra tragedia de gran parte del siglo XX.
Los textos de Cortázar ponen en el centro de la escena el problema de la representación del deseo homoerótico, un deseo que carece de paradigma a su disposición y por ello necesita encontrar su propio espacio y voz entre los pliegues y las fisuras que le permite el sistema y la narrativa heterosexual y sexista. No hay narrativa anterior que sostenga ese deseo. Como ya ha advertido Eve Kosofksy Sedwick, el deseo homoerótico, como consecuencia de la discriminación de la cultura heteronormativa, se ha estructurado históricamente entre lo secreto, lo sabido y lo no dicho. Por ello, en estas ficciones los gays y las lesbianas vienen formateados como personajes adversos, representados con su carga de silencio, entre la piedad y la obligación. Ya lo había explicitado el propio Cortázar en el prólogo que escribe a la segunda versión de su cuento “La barca”, la versión en la que permite que Dora irrumpa y ponga “las cartas sobre la mesa”: “Lo que sigue es una tentativa de mostrarme a mí mismo que el texto de ‘La barca’ está mal escrito porque es falso, porque pasa al lado de una verdad que entonces no fui capaz de aprehender”.

lunes, 8 de julio de 2013

DIARIO PARA UN CUENTO. Cortázar sigue rodando

Viernes 11 de julio de 1997
La checa Jana Bokova filma en Buena Aires "Diario para un cuento", basado en el relato del gran escritor, con Germán Palacios, Enrique Pinti y Héctor Alterio.

Por Claudio España
http://www.lanacion.com.ar/72574-cortazar-sigue-rodando

"Absurdo que ahora quiera contar algo que no fui capaz de conocer bien mientras estaba sucediendo. Como en una parodia de Proust, pretendo entrar en el recuerdo como no entré en la vida para al fín vivirla de veras".
La cámara que dirige la directora checa Jana Bokova, retrocede hasta los años cincuenta. Precisamente hasta ese recuerdo que cita Julio Cortázar en su "Diario para un cuento", el texto que ahora será transformado en una película. Y allí, al borde del cabaret "El gato negro", regenteado por Tito (Enrique Pinti en este caso), se instalan para recrear una parte de la vida del autor argentino en medio de los convulsionados años que rodearon la muerte de Evita.
Una parte de la vida que, de tan lejana (Cortázar escribió ese cuento en 1982, cuando aquellos años eran apenas una imagen borrosa en su recuerdo), pertenece más al reino de la ficción que al de la biografía meticulosa.
Es que "Diario para un cuento" es un viaje al pasado. Un viaje al que invita el propio Cortázar para observar aquella época que lo tuvo como protagonista. Y aunque el texto está narrado en primera persona, precisamente en estructura de diario y con mucho de autobiografía, el propio autor cuestiona los difusos límites de la ficción y la realidad.
La línea divisoria no es casual. Bokova, que lidió durante más de seis años con la agente literaria de Cortázar para conseguir los derechos del cuento, cuidó bien que esa historia que interpreta Germán Palacios sea sólo una recreación. O en las palabras de Palacios, "un homenaje a todos los escritores y a ninguno en particular".

EXTRANJERO DE DOS MUNDOS

En definitiva, la historia que narra "Diario...", es la historia de Elías Denis, el alter ego de Cortázar, un hombre parado en el medio de dos mundos, que incluso en esa línea divisoria sigue siendo un extranjero.
El cuento comienza cuando Elías llega a Buenos Aires después de haber pasado la mayor parte de su vida entre Bruselas y París. Y aquí, además de su incursiones en los bajos fondos del cabaret, intenta hacer pie en el mundo de la intelectualidad porteña.
De un lado entonces, queda su relación con Anabel Flores, la prostituta adolescente que conoce en "El Gato negro" y que interpreta la joven española Silke. Y del otro, su noviazgo con la burguesa Susana, Inés Estévez, una joven de la alta sociedad, dueña de una galería de arte y conocida de los editores porteños.
Y en el medio él, como un visitante que no terminará de encerrarse en ninguno de esos dos polos. Asociado a un viejo anarquista, veterano de la Guerra Civil española, Elías se gana la vida traduciendo aburridos manuales de turbinas o motores navales. Pero sus aspiraciones literarias lo llevarán a coquetear con los dos mundos enfrentados.

ENTRE LAS OFERTAS Y EL CABARET

Entrar a ese mundo de Córtazar de los años cincuenta es como atravesar un túnel del tiempo. Y no sólo por la cuidadosa ambientación del cabaret sino, y sobre todo, por que el set de filmación queda en pleno corazón de Munro, más precisamente en los viejos estudios Lumiton (el que caracterizaba sus películas con un golpe de gong), al fondo de una de las galerías de productos discontínuos de la zona.
Allí, en el local 59, detrás de una enorme puerta de vidrio, el mundo deja de ser un perchero con ropa de ofertas para transformarse en un oscuro cabaret con chicas sueltas de ropa, hombres de traje oscuro y publicidades de la época.
En el centro de la escena, apuntado por la cámara y rodeado de prostitutas, Héctor Alterio ensaya su papel de Pablo, el socio de Elías en el trabajo de traducción. Y allí espera, paciente, el ingreso de German Palacios que a esa altura del rodaje se distrae tocando el piano.
Para completar el paisaje de la película y como si se tratara de una paradoja sobre los mundos del cuento, en el set de filmación suenan voces de varias procedencias: el tono seseoso de la madrileña Silke, el español atravesado de la checa Bokova y el castellano de los argentinos que participan de esta coproducción argentino-española (Kompel producciones y Mate Cantero) y francesa (Gaumont TV).
La acción sigue afuera de los estudios, en el motorhome de los actores, donde Silke e Inés Estevez se prepararan para rodar. Allí, entre maquillajes, ropas de época y secadores de pelo, "las chicas de Elías", como las define Germán Palacios, comparten un mate cocido que las abriga del frío porteño. Y todavía falta Enrique Pinti, el último en llegar, que hoy debe filmar su escena más emotiva: la del día de la muerte de Evita que lo encontrará llorando frente a un altar.

CORTÁZAR Y SUS DOS MUJERES

Pese a todos los cuidados por representar una ficción, Germán Palacios, con su traje gris, su barba de días y en medio de ese decorado, no deja de parecerse al Cortázar de los años cincuenta.
Caracterizado como escritor, el actor ensaya su escena del día frente a las cámaras, se pasea por los estudios e intercambia bromas con Alterio. Y, cuidadoso de su trabajo, sólo acepta hablar de su personaje, durante el almuerzo, el primer descanso del rodaje que comenzó a las siete de la mañana.
Para él, la diferencia entre Cortázar y Elías es fundamental. "Elías tiene vida propia. Y aunque tiene mucho de Cortázar, la película es, sobre todo, un homenaje a todos los escritores", dice, para que no se creen confusiones.
Y enseguida agrega:"Es la historia de alguien que ha vivido en distintos lugares. De alguien que vuelve con la idea del desarraigo, con la intención de insertarse en un lugar. Pero él es extranjero en todas partes. Se fascina con el cabaret porque le permite vivir una historia para contar.Pero no pertenece a ese mundo. Y tampoco al de su otra novia, Susana. En definitiva, él es un extranjero que trata de que lo acepten, y de tener una historia en alguno de esos dos lugares".
Para sus dos mujeres-mundos, las cosas no son mejores. Anabel Flores, la prostituta de El Gato Negro, es una huérfana que llegó al país después de la muerte de sus padres, en la Guerra Civil Española. Pero el cabaret no es su lugar. Es más, durante toda la película ella intentará encontrar a un marinero que la saque de ese mundo y se la lleve a otras tierras. Y aun cuando se enamora del joven escritor, ella sabe que su futuro no está manos de Elías.
Silke, que prepara este personaje desde hace dos años, cuando leyó la primera versión del guión, en Madrid, define la relación con Elías como algo "utópico, un amor que tiene que ver sobre todo con la diferencia de clase que tiene el escritor".
"Tampoco hay mucho futuro para nuestra pareja", se suma Estévez en medio de la conversación con La Nación . "Susana es una mujer de alta sociedad con el snobismo propio de esa clase social. Pero no es mujer frívola. Ella siente un amor muy noble y genuino por Elías. E intenta conectarlo con su mundo para ayudarlo en su carrera como escritor Pero, aunque la pasan realmente bien, los dos tienen aspiraciones muy distintas y no pueden proyectar".
En definitiva, la historia de "Diario para un cuento" es la historia entrelazada de tres seres que buscan un lugar. Un lugar que, en el caso de este Elías-Cortázar, se mezcla también con las situaciones que surgen en ese cabaret. Y sobre todo, las que surgen del propio fracaso de su capacidad para integrarse a ese espacio marginal donde terminará encontrando la inspiración para construir su mágico mundo de ficción. O de recuerdos, que en este caso parece ser el mejor de los mundos posibles.
Verónica Bonacchi

LA VOZ DE OTRO EXILIO

Cuando Jana Bokova eligió "Diario para un cuento" no lo hizo por puro azar:la historia de alguien que se siente extranjero en todas partes no le es ajena en absoluto. Es que esta mujer rubia, delicada y de tono suave, lleva casi toda una vida de idas y vueltas, de viajes, y de casas distribuidas por el mundo.
Su periplo comenzó a los 17 años, durante la Primavera del 68, cuando los tanques rusos ingresaron en Praga. En ese momento, ella, una estudiante de Bellas Artes, había viajado a Viena para participar de un congreso. Y mientras estaba allí recibió una llamada de su madre, que, en clave, le aconsejó no volver a la ciudad. Su regreso se retrasó durante 20 años.
En todo ese tiempo, y desde entonces, Bokova alternó sus residencias entre Londres y París. Pero no sólo esos lugares: pronto se enamoró también "de Cuba, de la Argentina, de Chile y Brasil". En un alto del rodaje, la directora habló con La Nación de los puntos en común entre este cuento y su vida itinerante.
_¿Cómo llegó Cortázar a una directora checa?
_¿Qué es ser checa? Yo no sé qué es la nacionalidad. Uno es del lugar donde se siente cómodo y donde puede realizarse.
_¿Por qué eligió este cuento?
_Lo que me atrajo de Elías es que se siente extranjero en todas partes. Eso hace que me identifique con él. Y aunque es una historia de amor, indaga mucho en esa dificultad de pertenecer a un lugar.
_¿Cómo convive con la sensación de no ser parte de ningún lugar?
_Justamente por eso creo que tengo una relación muy fuerte con la Argentina. Como es un país muy nuevo, todos tienen un poco de extranjero. Yo siempre tuve problemas con la pertenencia a un lugar, y esa pregunta sobre la pertenencia sólo se resolvió acá.
_¿Cómo se resolvió?
_Es que acá, los 32 millones de argentinos se hacen la misma pregunta sobre la nacionalidad.

IMÁGENES DE UN TIEMPO LITERARIO

Junto con la Nouvelle Vague francesa, a comienzos de la década del sesenta, el cine tomó noción de su principal circunstancia, el tiempo. El cine es tiempo y tiene un doble desarrollo temporal: la duración física de la película y la sucesión de la narración, que puede durar un siglo.
La literatura moderna abrevó en el cine las nociones de tiempo y de "intemporalidad real" como componentes del fluir de conciencia y de otros recursos que la letra manipula con la capacidad de un director.
En Cortázar y en Puig es fácil descubrir el intercambio entre esos medios de expresión. Cortázar, especialmente, ha sido motivo de algunas recreaciones que han hecho historia, aquí y en el extranjero.
"La cifra impar" (1962), de Manuel Antín, es el primer contacto reconocible entre la pantalla y los tiempos inasibles de la realidad y de la memoria en un texto de Cortázar. Su relato "Cartas de mamá" le sirvió a Antín para reelaborar en imágenes los miedos de una pareja que, en París, reconstruye un pasado de traiciones.
Con una concepción estética que el tiempo ha consagrado, Antín retornó a la literatura de Cortázar en otros dos productos: "Circe" (1966), una extraña reproducción contemporánea del personaje de la "hipnotizadora" homérica, e "Intimidad de los parques" (1967), con la prolongación fantástica del ánimo de una mujer y la piedra de Machu Picchu. "Circe" es versión del cuento homónimo, mientras en "Intimidad de los parques" confluyen dos narraciones, "Continuidad de los parques" y "El ídolo de las Cícladas".
En el auge sesentista del Swinging London, la cultura pop y las modelos internacionales, en la figura de un fotógrafo aficionado a cierto ingenuo voyeurismo, el italiano Michelangelo Antonioni _entre la literatura del tiempo y el enigma policial_ lleva a la pantalla el recurso cortazariano de la ampliación fotográfica y su efecto fenomenológico de desbrozamiento de la realidad, en el film "Blow Up", basado en el texto de "Las babas del diablo".
Cortázar aparece casi implícito en el film de Antonioni. Igualmente implícita, la imaginación del autor de "Las armas secretas" da cuerpo a un memorable film de Jean-Luc Godard, "Week End", cuyo plano secuencia del embotellamiento en la carretera alude inevitablemente a la narración "La autopista del Sur".
Menos implícto, casi una cita intertextual, es el formato de "El gran embotellamiento" (1977), un pasatiempo intrascendente de Luigi Comencini.
En la restauración democrática, una producción nacional, la opera prima de Cristian Pauls "Sinfín" (1986), evoca los contenidos sofocantes de "Casa tomada", de Cortázar.
Finalmente, con forma documental, Tristán Bauer elabora la vida del escritor, en "Cortázar" (1994), un documento audiovisual espléndido, no sólo artístico sino polémico. .

Diario para un cuento

Dirección: Jana Bokova
Coproducción Argentino-Española
Guión de: Leslie Megahey, Jana Bokova, Gualberto Ferrari, sobre cuento homónimo de Julio Cortázar
Música: Rodolfo Mederos
Con Germán Palacios, Silke, Héctor Alterio, Elvira Minguez, Inés Estévez, Ingrid Pelicori y Enrique Pinti.

Duración: 97 minutos
 



Link a Diario para un cuento de Julio Cortazar.

Link a La teoría literaria implícita en "Diario para un cuento" de Julio Cortazar

Link descarga de la película

Cartas en el asunto


Por Rodrigo Fresán
En Deshoras (de 1982, última colección de relatos que Julio Cortázar publicó en vida) hay varias ocasiones para el regocijo. Allí flota “Botella al mar. Epílogo para un cuento” (inequívoco espécimen de crónica de eso que el escritor llamaba “figuras” y que –postdata a “Queremos tanto a Glenda”– se convierte en una explicación de cómo funcionaba la cabeza cortazariana y se las arreglaba para contaminar al mundo real con sus ficciones). Allí también se enciende “La escuela de noche” (gran cuento de terror y otra de esas tramas que hacen del belga argentino el más grande y mejor e hipotético guionista para The Twilight Zone al sur del Río Grande). Pero –por encima de todo y de todos– en Deshoras, cerrando el libro, se escribe y se lee “Diario para un cuento”, para mí, uno de los mejores relatos de Cortázar que, resistiéndose a ciertos tics y marcas registradas (que a mí nunca me molestaron y me siguen gustando), arranca proponiéndose convertirse en Adolfo Bioy Casares.
Y, sí, “Diario para un cuento” tiene mucho de Bioy (su desfile de mujeres fatales o fatalizadas) pero pasado por el filtro de Cortázar hasta erigirse en una especie de micronovela (como alguna vez lo fue “El perseguidor”) que juega con la idea de lo autobiográfico o, mejor, de la vida alternativa, de otra de esas figuras secretas (pero tan claras para quien sabe verlas) con las que está ensamblada la estructura del universo.
Y, por supuesto, en su afán de ser otra cosa –de pertenecer a otro a partir de la trama–, “Diario para un cuento” enseguida sucumbe, feliz y felices nosotros, a lo inevitable: convertirse en un relato que sólo pudo haber sido escrito por Cortázar y que, mientras se va armando, vacilante y dudando desde la magistral y absoluta seguridad, desborda de instrucciones y definiciones típicas del autor para quien lee y no demora en caer en ese “hueco de lectura”. Y, ahí dentro, esperan accesorios y fetiches reconocibles: una máquina de escribir Olympia Traveller de Luxe, los cigarrillos Gitanes, el oficio de traductor, el poético (de Poe) nombre de Anabel que no es otra cosa que una encarnación previa y prostibularia de La Maga, el paso por la Cámara Argentina del Libro, todo jugando en una atmósfera que a muchos les recordará un tanto a David Goodis y a otros tantos a Paul Auster.
Pero no.
Es Cortázar.
Me dicen que cada vez hay más gente que opina que Cortázar no fue ni es un gran escritor.
Saludos a todos ellos y aquí va mi recomendación de que lean o relean “Diario para un cuento” y después hablamos.
Me dicen también que hay una película basada en “Diario para un cuento”.
¿Tengo que verla?
Hace unos años, conversando con Francisco “Paco” Porrúa –editor y amigo de Cortázar– me contó una anécdota que me gustó mucho. Dijo entonces Porrúa: “Una vez, Cortázar me dijo algo que me emocionó mucho y que, creo, después repitió por escrito en una de las cartas que me envió. Me acuerdo que estábamos conversando de cualquier cosa, se hizo uno de esos silencios raros, y él lo rompió diciendo: ‘Todo lo que no ha sido dicho está dicho para siempre’. Después se puso de pie, vino hasta donde yo estaba, y me abrazó”.
Todo está dicho en “Diario para un cuento”, último relato del último libro de cuentos de Julio Cortázar donde, cerca del final, en boca del narrador, leemos: “No me queda casi nada”.
Gracias por todo.

sábado, 6 de julio de 2013

Manuel Antín Julio Cortazar La cifra impar

Recuerdos de una fantasía argentina en París, medio siglo después

Manuel Antín, director de “La cifra impar”, la película basada en un cuento de Julio Cortázar, vuelve al “set de filmación” en el barrio latino junto a una cámara de Ñ. “Era la literatura que yo quería escribir, y un plagio legal fue convertirla en película”, dice el cineasta sobre su ópera prima.

POR ALEJANDRO DE NÚÑEZ

Especial desde París


VOLVER. Manuel Antín en el Barrio Latino de París, donde rodó La cifra impar hace más de 50 años. (A. de Núñez)

Hace más de medio siglo aquí, en el número 6 de la rue le Bourbon le Château, en pleno barrio latino de París un joven Manuel Antín empezaba a rodar su primer largometraje. La cifra impar, aquella historia inspirada en el cuento Cartas de mamá de Julio Cortázar ahora se exhibe en las salas francesas para celebrar los 50 años de su llegada a las salas. Convocado por Ñ en el mismo lugar de la filmación, su director revive algunos flashes de aquella historia inolvidable por la que la Cinèmatheque française lo está homenajeando.  
Todo había empezado en la biblioteca de un amigo de Antín, profesor de literatura, con la lectura de los cuentos de Bestiario y Las armas secretas, de un Julio Cortázar que todavía esquivaba la fama. De allí viene La cifra impar, del cuento Cartas de mamá. La película cuenta la historia de una pareja, Luis (Lautaro Murúa) y Laura (María Rosa Gallo), que han dejado Buenos Aires para vivir en París. Reciben regularmente cartas de la madre de Luis (Milagros de la Vega), hasta que un día aparece el nombre de Nico (Sergio Renán). Luis quiere considerarlo como un error de la madre. Nico, el hermano artista, muerto hace dos años y quién fue también el novio de Laura hasta que él se la quito.
“Cada carta de mamá cambiaba de golpe la vida de Luis, lo devolvía al pasado como un duro rebote de pelota” nos dice Antín, recordando también la proyección con Cortázar, solos en la sala 7 del laboratorio Aries de Buenos Aires (ver vídeo).
Corrían los años 60, cuando un espíritu renovador e independiente surgía de las películas de Rodolfo Kuhn, Lautaro Murúa, Leonardo Favio, David José Kohon, René Mugica, Simón Feldman y, como no, del mismísimo Manuel Antín. Allí se empezó a acuñar la expresión Nuevo Cine Argentino que desde entonces, década tras década, encuentra algo nuevo para renovarse.
Las películas de Antín tienen un aspecto muy personal en ese primer Nuevo Cine Argentino. La influencia literaria caracteriza su obra, sus inicios como escritor marcan esa relación que instaló de autor a autor con Julio Cortázar. “Encontré la literatura que yo quería escribir, el plagio legal era convertirlo en película”, revela Antín.
«Hola Manuel, hola Julio», fue el primer diálogo entre el escritor y el cineasta aquel día de primavera de 1960. Antín, tirado en el suelo, en la esquina de la place Fustenberg, filmaba una escena en la que Laura se acercaba a la cámara por el costado de unas vidrieras. “De pronto tenía a mi lado dos enormes pies, levanté la cabeza y vi a esa torre gigantesca que era Julio Cortázar”, recuerda ahora Antín, 50 años después.
Sufrió medio siglo de incomprensión frente a la crítica europea, que veía en sus películas una copia de la nouvelle vague francesa. “En aquel entonces, esperaban ver películas con indios para considerarlas auténticas”, nos recuerda Antín. También recuerda el paralelo que se trazó entre La cifra impar y El año pasado en Marienbad, la película de Alain Resnais. Hoy, la comparación, lo hace sonreír. Resnais y Alain Robbe-Grillet reconocieron tarde las influencias de Bioy Casares, Borges y Cortázar, y Marienbad se reveló finalmente como una adaptación de La invención de Morel. “La crítica dijo que me inspiré en un director que se inspiró de la literatura argentina, cuando lo más fácil es suponer que yo también estuve inspirado por las mismas fuentes y el mismo estilo” dice Antín.
El reconocimiento le llega tarde, más de cincuenta años después, pero allí está Antín, recibiendo el homenaje de la Cinemateca francesa y caminando París bajo el resplandor de la primavera.